Parroquia de Todos Los Santos, Santa Fe, Argentina, San Jerónimo 1650, Tel: 4594108

Parroquia de Todos Los Santos

P. RICARDO B. MAZZA (HOMILÍAS)

Con el Nacimiento en carne mortal del Hijo de Dios, “nace la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón.

 

Alégrense, justos en el Señor

Y alaben su santo Nombre” (Ps. 96).

 

Con la alegría que entraña recibir la misericordia del Padre en su Hijo hecho hombre, deseo a mis familiares, a los sacerdotes, laicos, amigos, parroquianos, conocidos, cercanos y lejanos, que el Señor los colme de bendiciones.

Con el afecto de siempre, Cngo Ricardo B. Mazza.

Santa Fe, 24 de diciembre de 2015.

 

 

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

 

ORDINARIO 32 B 2015

“Feliz quien confía en la Palabra y el Amor del Señor, ya que no será defraudado”

 

 

Cantábamos en la antífona del salmo responsorial (Ps 145) “El Señor es fiel a su Palabra, el Señor es Padre de los pobres: ¡Feliz quien confía en su amor!”.

De hecho, quien escucha su Palabra y la guarda en su mente y su corazón, es capaz de obrar movido por el amor que Dios le ha infundido, abriéndose al amor divino y a las necesidades del prójimo. Así sucede en el interior de estas dos mujeres de las que nos habla la liturgia de este domingo, quienes habiendo puesto su confianza en Dios, se vieron liberadas de toda preocupación, incluso de la que es legítima.

En la primera lectura (I Rey. 17, 8-16) la viuda de Sarepta, a pesar de tener otros dioses, cree en la Palabra de Dios, -que anunciada por el profeta-, le asegura “el tarro de harina no se agotará, ni el frasco de aceite se vaciará, hasta el día en que el Señor haga llover sobre la superficie del suelo”, de manera que confiadamente renuncia a buscar primero su bien, para alimentar enseguida al profeta Elías, cumpliéndose lo prometido por la palabra divina.

Esta actitud de fe y confianza en la Palabra recibida se prolonga en la caridad, en la apertura de corazón al Dios que se manifiesta y al prójimo que necesita de nuestro consuelo y atención, despojándose el corazón humano de sí mismo, en actitud de profunda entrega personal.

En el texto del evangelio asistimos a un cuadro similar de entrega personal (Mc. 12, 38-44) al Creador y al prójimo. Jesús se encuentra en el templo contemplando “cómo la gente depositaba su limosna” en el tesoro.

Sin embargo, mientras “muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre”.

Esta ofrenda de la viuda, según los entendidos, equivalía a la octava parte del costo diario de una ración de comida que en Roma se entregaba a los pobres, siendo sin embargo para ella todo lo que tenía para su sustento, de allí que reciba el elogio de Jesús al afirmar que “esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

No pocas veces nos asombramos por la cantidad en dinero que alguna persona ha entregado en beneficio de los demás o para gloria de Dios y sustento de sus obras, siendo que en realidad lo valioso está presente cuando el ofrecimiento constituye un desprendimiento tal de nosotros mismos y de nuestras cosas y bienes, que se hace realidad aquello que mencionaba la beata Teresa de Calcuta diciendo que es necesario “dar hasta que nos duela”.

El papa Francisco hablando de estos temas, menciona la necesidad de despojarnos de la idolatría del dinero que se agudiza toda vez que el ser humano, incluso el creyente, deja con facilidad al Dios verdadero, si éste obstaculiza el culto al dinero, al poder, a las certidumbres de este mundo.

Con facilidad buscamos la seguridad para nuestra vida en lo que es frágil y poco permanece, desconfiando de la seguridad que nos brinda Dios. El profeta Elías con su actitud, ayuda a la viuda a abrirse a otros horizontes.

Un segundo momento lo constituye el entrar de lleno en la vida del pobre y necesitado, periferias de la sociedad, para llevar consuelo y comprensión, avivando la esperanza en un futuro promisorio, como la llegada del Mesías.

Un tercer paso será el tener la actitud de los anawim del Antiguo Testamento, los pobres de espíritu que confían totalmente en Dios, -como la viuda de Sarepta y la viuda del evangelio-, lo cual los hacía abiertos a lo que la voluntad del Creador les pedía a lo largo de su vida terrenal.

Es el momento de aprender de los que ponen su seguridad en Dios, dejando que su ejemplo de vida nos interpele y nos lleve a actitudes más nobles en nuestro diario vivir.

Precisamente los dos ejemplos que nos ofrece el Antiguo Testamento y el evangelio del día, nos deben conducir a valorar la importancia que inviste para la vida cristiana el despojo de nosotros mismos, la apertura constante a lo que el misterio divino nos pide y al amor del prójimo que se nos reclama.

Sólo esta actitud nos permitirá considerar importante y crucial para la vida humana, la meta última que se nos promete en la comunión eterna con Dios.

Hermanos: En este segundo domingo de noviembre se realiza en el país la jornada nacional por el enfermo en la que se nos permite por lo tanto, como providencial ocasión, acercarnos al que sufre en su cuerpo o en su alma para llevarles el consuelo del Señor, asegurando siempre que el compartir los sufrimientos de Cristo nos asimila más a Él, completando lo que falta a su pasión, prolongando en la Iglesia el misterio de la Cruz.

 

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXXII durante el año. Ciclo B. 08 de noviembre de 2015.

 

 

 

 

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

 

ORDINARIO 29 B 2015

“El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos”.

 

 

Hay una tentación muy presente en el corazón del hombre, que es la del poder, el tratar de sobresalir por encima de los demás, y así merecer el aplauso de todos. De esa manera creemos obtener el prestigio que tal vez no podemos conseguir por nuestros propios méritos. Es decir que no es lo mismo ser grande por decisión de otros o por el poder con que fuimos investidos, que serlo por mérito propio.

Tal tentación no es extraña entre los seguidores de Cristo, como lo percibimos en el texto del evangelio de este día (Mc. 10,35-45), y probablemente nosotros mismos hemos sentido el especial atractivo que tal tentación reviste, por lo que resulta agradable escuchar el pedido de Juan y Santiago cuando dicen con vehemencia “Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”.

A tal pretensión, el Señor responde “No saben lo que piden”, ya que si lo supieran, se darían cuenta que es necesario seguir los pasos del maestro, marcados por el dolor, el sufrimiento y el desprecio de los hombres hasta el punto que se haga realidad lo afirmado por el profeta Isaías (53, 10-11) “El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él”.

Más aún, ¡cómo serán de inconscientes que aceptan beber el mismo cáliz del Señor, el del sufrimiento y la cruz, sin obtener lo que piden!

Al mismo tiempo que esto acontece, los otros diez se enojan con tal inusitado reclamo, pero no porque sea la petición impropia, sino porque –es posible- que se sintieran desplazados, por lo que a ellos también Jesús fustiga con firmeza.

¡Cuánto pesa en la consideración humana alcanzar una chapita, un reconocimiento, un carguito! ¡Cómo le cuesta al Señor modelar de nuevo el corazón de los que Él ha elegido! ¡Qué mundanos que son, cómo les cuesta entender las enseñanzas del Maestro y despegarse de los criterios humanos!

Pero no son ellos los únicos que tienen dificultades para percibir la verdad, ya que también a nosotros nos es problemático entender las exigencias del evangelio, o si las entendemos, nos hacemos los distraídos porque es difícil seguir el estilo de vida de Jesús.

A pesar de ello, Jesús seguirá enseñando a sus discípulos y a sus seguidores de todos los tiempos, que es necesario asumir la misión peculiar de servidores.

Esta disponibilidad para servir, a su vez, ha de ser también la motivación de los poderes de este mundo, ya sea económico, político o social, por lo que el Señor se despacha diciendo: “ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes”, afirmación hecha con ironía, -según mi parecer- porque no gobiernan realmente cuando falta con frecuencia la actitud de servicio a los demás en la mayoría de los que detentan el poder, “dominan a las naciones como si fueran sus dueños”, afirmación por la que se da por hecho que esto es así, ya que abundan los que actúan como capataces de estancias.

El que tiene poder busca dominar como si fuera dueño de los demás “y los poderosos les hacen sentir su autoridad”. ¡Cuántas veces hemos escuchado en la sociedad en la que estamos insertos, “acá mando yo y al que no le gusta se va”, sin que interese para nada la vigencia de la verdad y del bien!

Jesús sigue con su enseñanza diciendo “entre ustedes no debe suceder así. Al contrario el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos”.

Más aún, fundamenta tal exigencia poniéndose Él como ejemplo, sabiendo que todos lo pueden verificar “porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”.

Respecto a la última afirmación de “dar su vida en rescate por una multitud” y en relación con la fórmula de la consagración del vino que afirma que la Sangre de Cristo “será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados”, se han suscitado algunas preguntas que se sintetizan en lo siguiente: ¿Cristo murió por todos o por muchos? ¿No es acaso la salvación, universal?

En realidad Cristo murió por la humanidad de todos los tiempos, siendo su sacrificio eficaz para rescatar a todos los hombres del pecado, pero como no toda la humanidad acoge la salvación, sino que son muchos los que se cierran a la acción de la gracia, resulta que son sólo “muchos” o una “multitud” los que reciben la justificación. De allí, que sea necesario, que los que creemos en quien se compadece de nuestras debilidades, el Hijo de Dios que penetró en el cielo, “vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno” (Heb. 4, 14-16).

El servicio al que estamos llamados nosotros por Jesús es en primer lugar el de la vida, ya que sólo cuando se respeta ésta como “lo debido” y lo “justo” en la relación con los demás, es posible servir después en todos los campos de la existencia. Quien no es capaz de servir a la vida tampoco servirá en otros ámbitos de la vida humana.

Esto lo recuerdo ya que en nuestra Patria se va metiendo la mentalidad abortista que tratan de imponer nuestros gobernantes a la sociedad toda.

En nuestra provincia ya rige el aborto desde el gobierno de Binner promovido por el ministro de “Salud”, y en estos días, como si fuera un gran triunfo de una sociedad “civilizada”, se aprobó en diputados –no por unanimidad, gracias a Dios- la despenalización del aborto.

¡Qué falacia! , ¡Se podrá evitar la sanción en este mundo, pero nadie escapará cuando haya de dar cuenta en la otra vida de los actos malos realizados!

Por otra parte, estos que imponen su voluntad sobre la sociedad, no advierten a las mujeres que se dejan llevar por la propaganda de la muerte, que nadie las liberará del síndrome post aborto, que permanece a lo largo de la vida humana.

Estos ideólogos de la violencia contra los más débiles no buscan servir sino dominar a la gente como si fueran señores de la vida y muerte de los ciudadanos.

¡Hay tantas cosas sobre las que legislar! La erradicación de la pobreza, la atención de la salud, la provisión de viviendas, proveer de cloacas y agua potable en toda la extensión de la provincia, velar por la seguridad de la población y tantas otras cosas que son necesarias.

A los médicos mismos que se presentan como objetores de conciencia se los coacciona para que cambien, o no puedan progresar en su profesión, premiando con cargos a los abortistas.

Sería interesante que los médicos protestaran y les dijeran a los legisladores e ideólogos del aborto, algunos jueces incluidos, que hagan ellos de verdugos en lugar de pretender imponer a otros sus proyectos homicidas, pretendiendo que los profesionales de la salud lleven de por vida la carga de haber matado niños.

Es importante que nosotros vayamos tomando las enseñanzas que nos deja Jesús decidiendo vías de acción concretas, no permitiendo que seamos dominados por quienes pretenden imponernos toda clase de maldades, ya que nuestro único Señor es sólo Dios y no estos servidores del maligno.

Queridos hermanos: pidamos al Señor la claridad suficiente para descubrir cada día su voluntad y la fortaleza necesaria para ser constantes en la realización del bien, sin que nada ni nadie sea obstáculo para vivir a fondo la fidelidad a la verdad.

 

 

 

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXIX durante el año. Ciclo B. 18 de octubre de 2015.

 

 

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

 

 

El sabio conoce que el presente es pasajero y, se afirma cuando sólo busca unirse a la verdad absoluta que es Dios.

 

 

Los textos bíblicos de este domingo tienen como eje central el papel de la sabiduría en la vida del hombre. En el libro de los Proverbios, capítulo 9, están personificadas tanto la sabiduría como la necedad que se presentan ante el ser humano para que éste elija a una de ellas como ruta para su vida temporal.

El texto proclamado se detiene en el papel de la Sabiduría, que ciertamente refiere a Dios mismo que prepara la mesa y envía a sus servidoras para convocar a los más ingenuos y sencillos a comer y beber el alimento necesario para que “sigan derecho por el camino de la inteligencia”.

El salmo interleccional (33, 2-3.10-15) que recién cantábamos describe de alguna manera lo que implica la sabiduría, invitando a que “¡vayamos a gustar la bondad del Señor!”.

Y así, es sabio el que bendice al Señor en todo tiempo, el que se gloría en el Señor, lo escucha y se alegra por ser humilde.

Es sabio quien teme al Señor, es decir, quien teme ofenderlo.

“¿Quién es el hombre que ama la vida y desea gozar de días felices?” precisamente el sabio.

La sabiduría que presenta la sagrada escritura se caracteriza por un verdadero saber vivir bien, no en el aspecto que proclama el mundo que más de las veces no es más que placer y frivolidad, sino que refiere a lo que dignifica la existencia humana, que discierne entre lo que tiene carácter de eternidad y lo que sólo es fugaz y efímero.

En el texto de san Pablo (Ef. 5, 15-20) son sabios los que buscan la voluntad de Dios, por eso que “no sean irresponsables, sino traten de saber cuál es la voluntad del Señor” y así se les recomienda que “cuiden mucho su conducta y no procedan como necios, sino como personas sensatas que saben aprovechar bien el momento presente, porque estos tiempos son malos”.

Es de sabio, “saber” que el momento presente es pasajero y que no merece que nos atemos a su fugacidad, sino más bien nos anclemos en el saber vivir como creyentes que buscan siempre unirse más y más a la verdad absoluta que es Dios.

Este hombre sabio busca siempre el llenarse del Espíritu Santo, y no de las cosas pasajeras que no alimentan el corazón humano, que busca siempre, aunque no lo sepa o lo niegue, a su Creador.

El sabio según Dios es capaz de comunicar su alegría a los demás recitando en las reuniones con los creyentes, salmos, himnos y cánticos inspirados, cantando y celebrando al Señor de todo corazón.

En el texto del evangelio (Jn. 6, 51-59) será verdadero sabio quien acepta la invitación del Señor que siendo el pan vivo bajado del cielo se entrega como alimento para la salvación del mundo y de cada persona, diciendo “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida”

Este alimentarse con el Señor, permite que el creyente se configure más y más a Él, de manera que así como Cristo vive por el Padre que lo ha enviado, el cristiano vivirá por Cristo cada vez que se alimente de Él, apreciando de esa manera los verdaderos bienes.

El necio, en cambio, pondrá en duda esto como lo hicieron los judíos al discurrir “¿Cómo éste hombre puede darnos a comer su carne?”

Y en nuestros días, ¡cuánto abunda la necedad en los propios católicos al subestimar la importancia en nuestra vida de la Eucaristía, y preferir otros alimentos y diversiones antes que participar del sacrificio del Señor!

Queridos hermanos: ustedes con su presencia en la misa dominical no solamente fortalecen la fe personal sino que también ponen de manifiesto que desean ser sabios y saborear las delicias que provienen del alimento de sí mismo que nos ofrece Jesús.

Jesús se ofrece como dador de vida eterna, busquémoslo siempre, no lo dejemos de lado por preferir alejarnos de la verdad.

Quizás no siempre participamos de la Misa deseando principalmente unirnos a quien es camino, verdad y vida, pero el sólo hecho de responder al llamado que se nos hace siempre, nos coloca en camino de crecer como hijos de Dios.

Pidamos la gracia de la madurez espiritual que nos permita desde la unión con Jesús, el brindarnos cada vez con mayor entrega a las necesidades de los demás.

 

 

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XX durante el año. Ciclo B. 16 de agosto de 2015. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

 

ORDINARIO 18 B 2015

 

“Del hombre viejo, “seguro” en la esclavitud del pecado, al hombre nuevo que se gesta con el Pan de la Vida ofrecido a su libertad”

 

 

Los israelitas guiados por Moisés se dirigen a la tierra prometida mientras experimentan hambre, sed y hostilidad de otros pueblos vecinos, cundiendo el desasosiego entre ellos y deseando haber muerto en Egipto (Éx. 16, 2-4.12-15).

Su mirar atrás deseando el bienestar vivido en Egipto como esclavos, representa de algún modo el sentimiento del hombre universal que muchas veces prefiere la seguridad de la esclavitud del pecado, de las pasiones o debilidades personales. No se ha valorado lo suficiente la libertad que ha ofrecido Dios, rescatando al pueblo de la opresión.

Ante la exigencia de afianzar cada día esa libertad con sacrificios y olvido de los propios deseos, rectificando caminos recorridos, no pocas veces el ser humano prefiere “la seguridad” que ofrece la dependencia ya experimentada.

Dios que conoce al hombre en sus distintas facetas, le ofrece el alimento perecedero para que elevando su mirada más allá de lo temporal, experimente la misericordia divina sellada por la Alianza que asegura la predilección divina a pesar de la infidelidad del ser humano.

En el texto del evangelio (Jn. 6, 24-35) nos encontramos nuevamente con la figura de Jesús como “nuevo Moisés” que desea elevar al pueblo de lo terrenal a la contemplación de Él mismo como misterio de salvación, es decir, dejando el pan material encontrarse con el verdadero alimento de vida.

Así lo expresa diciendo a la gente que lo busca con ansiedad, y que ciertamente se engaña a sí misma: “les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”.

Les reprocha el que su mirada haya quedado en la multiplicación de los panes y de los peces en lugar de comprender el “signo”, esto es, el reconocerlo como el Hijo de Dios que enviado por el Padre se entrega como alimento.

¡Cuán a menudo sucede esto entre nosotros! buscamos a Jesús no por Él mismo sino por lo que nos puede dar u ofrecer.

Ocurre incluso hasta en la liturgia que celebramos, ya que no pocas personas apetecen “una liturgia divertida” o “alegre”, o asisten a misa por el cura tal o cual y no por Cristo, que ha de ser siempre el eje de atención de nuestra fe, para expresarle nuestra alabanza. Hasta cuando pedimos aplausos para los recién casados o bautizados u ordenados, manifestamos que no está puesta nuestra total reverencia y adoración en el Cristo vivo entre nosotros, sino que convertimos a las personas, por buenas que sean, en el centro de la liturgia.

En el fondo, un obrar así, sólo manifiesta que ponemos el acento en lo que satisface nuestra curiosidad o nuestras pasiones, dejando olvidado al Señor.

Conocedor de estas vanidades humanas e intereses mundanos, Jesús continúa diciendo “Trabajen no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es Él a quien Dios, el Padre marcó con su sello”.

¿Trabajamos nosotros por este alimento de la inmortalidad que se nos ofrece de continuo? ¿Es la Eucaristía tan importante para nuestras vidas que estamos dispuestos a dejar de lado todo aquello que nos impide recibirlo a Jesús?

Al igual que la gente que rodea a Jesús, debemos preguntar también qué hacer para realizar las obras de Dios, y hoy como ayer, el Señor nos responde que la obra consiste en creer precisamente en el enviado del Padre, siendo Él mismo el verdadero “signo” que se ofrece a todos como Salvador y alimento.

Pero como en su tiempo, Jesús es interpelado también por nosotros y le preguntamos qué obras realizas para que creamos en Ti, y el Señor contesta que tanto el pan material como el Pan bajado del cielo, son dones del Padre, pero “el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo”.

Estas palabras escuchadas de boca del Señor, a su vez, nos permiten comprender lo que dice san Pablo (Ef. 4, 17.20-24):“no procedan como los paganos, que se dejan llevar por la frivolidad de sus pensamientos”, ya que no pocas veces nos ocupamos en demasía por lo pasajero y dejamos de considerar lo fundamental para la vida del creyente.

Seguidamente, el apóstol nos recuerda la necesidad de seguir las enseñanzas del mismo Cristo renunciando a la vida que llevábamos, despojándonos del hombre viejo “que se va corrompiendo por la seducción de la concupiscencia” para revestirnos del “hombre nuevo creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad”.

¿En qué consiste la verdadera santidad? La respuesta la tenemos en las últimas palabras del texto del evangelio de hoy cuando la gente, al manifestarse Jesús como el pan que da la vida al mundo, le suplica “Señor, danos siempre de ese pan” y Jesús responde “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí, jamás tendrá hambre, el que cree en mí jamás tendrá sed”.

Si contemplamos la vida nuestra y la del mundo con ojos de fe, sabemos que esta enseñanza de Jesús es la verdadera, de tal manera que el encuentro con su persona y el seguimiento de su vida saciará nuestra hambre más profunda, y una fe cada vez más vivida permitirá que no tengamos ya la sed apremiante de quien por vivir sólo en lo terrenal se olvida de la vida eterna prometida.

Lejos del Señor, el ser humano está siempre hambriento de las “cosas” en las que se apoya, y como estas no lo colman, se hunde en el vacío más trágico.

Queridos hermanos, conociendo que pertenecemos, por ser imagen suya, al Señor que nos ha salvado, sigamos los consejos de san Pablo dejando atrás el hombre viejo de la esclavitud ocasionada por el pecado, para avanzar con la libertad de los hijos de Dios por el camino propio del hombre nuevo que se alimenta no con lo efímero sino con el alimento del mismo Jesús que se brinda en cada Eucaristía.

 

 

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XVIII durante el año. Ciclo B. 02 de agosto de 2015. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com

 

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------



“Jesús nos saca de la mirada terrenal que absolutiza lo pasajero, para conducirnos a Él mismo, que colma las expectativas humanas”.

 

P. RICARDO B. MAZZA (HOMILÍAS)

 

El domingo pasado reflexionamos sobre el texto de san Marcos que nos hablaba acerca de la compasión de Cristo ante la multitud doliente que aparecía como ovejas sin pastor, y que por ello les estuvo enseñando por largo rato. Enseñar que pretende el encuentro de cada persona con la verdad, es decir, con el mismo Jesús que ilumina las inteligencias de todos los que con buena voluntad lo escuchan con gusto.

Pero el Señor quiere completar su obra entre nosotros nutriendo la existencia humana dándose Él mismo como alimento en la Eucaristía.

En referencia a esto, a partir de hoy, y durante cinco domingos, la liturgia dominical nos propone reflexionar sobre la multiplicación de los panes y de los peces con la que Jesús sacia el hambre de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños (Jn. 6).

En el texto de hoy (Jn. 6, 1-15) Jesús se presenta como el nuevo Moisés que conduce al pueblo que lo busca, cruzando el mar de Galilea para mostrarles la tierra prometida, no ya terrenal, sino la del encuentro definitivo con el Padre.

En el caminar hacia la tierra prometida, Moisés alimenta al pueblo, gracias a la intervención divina, con el maná caído del cielo y las codornices que sembraban la tierra.

En el signo o milagro que Jesús realiza ante la multitud, se nos manifiesta un camino superador a lo vivido por Moisés, ya que quienes comieron el maná, murieron, mientras que el alimento que ofrece Jesús, su propio cuerpo y sangre, no lleva a la muerte sino que conduce a la vida.

O sea que Jesús quiere sacarnos de una mirada puramente terrenal, que absolutiza lo pasajero, para conducirnos a la contemplación de los misterios divinos que colman en abundancia las expectativas del ser humano.

La tentación que sufre el hombre de nuestros días es la de buscar con ansiedad lo que pueda colmarlo totalmente, sin que experimente más que vacío y soledad al olvidarse de su Creador por entregarse a las cosas.

El Señor pretende que quienes lo buscan lo sigan a Él como el pan vivo bajado del cielo, dejando de lado la visión de un mesianismo político que los lleva a pretender constituirlo en rey, para que sacie el hambre material.

Sin embargo, no obstante la dimensión diferente de la vida que quiere Jesús que se comprenda, nos deja un mensaje referido a los bienes de este mundo que hemos de procurar por medio del esfuerzo personal y la solidaridad para con los más necesitados y abandonados de este mundo.

Hace referencia el texto bíblico, que Andrés trae consigo a un niño que lleva cinco panes de cebada y dos pescados, que resultan insuficientes para saciar el hambre de todos los presentes, pero que con la intervención de Jesús, no sólo se alimentan todos, sino que sobran doce canastos.

El Señor, partiendo del aporte humano, siempre pequeño, multiplica en abundancia los dones recibidos para satisfacer a todos.

Es lo que sucede habitualmente con nuestra labor humana, ya en el cultivar la tierra, ya en el cuidado del ganado, ya en la explotación de los minerales, o en todo tipo de esfuerzo humanitario, que sumados a la gracia sobreabundante divina, resulta suficiente para satisfacer al ser humano, de manera que si pobres y hambrientos existen, no es por la despreocupación de la providencia divina, sino por el egoísmo humano que acumula en unos pocos lo que es don para todos.

Esta presencia multiplicadora de la acción divina, ya la encontramos, por cierto, en la fe del Antiguo Testamento, en la referencia a los milagros realizados por el profeta Eliseo (2 Rey. 4, 42-44) en bien del prójimo.

Tanto en los bienes materiales como en los espirituales, Dios se muestra siempre generoso cuando los reparte, mostrando eso sí que nuestra atención no ha de quedar limitada por los bienes de este mundo, y por tanto pasajeros, sino que han de ser medios para alcanzar los dones más perfectos, los referidos al espíritu.

Cuando el hombre se centra sólo en lo temporal, se ha dejado vencer de antemano por la muerte, ya que “vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron”, mientras que la atención puesta en la persona de Cristo como piedra fundante de nuestro existir, nos permite poseer la vida eterna por la comida eucarística, de manera incoada y preparando el futuro prometido a los que son fieles.

Como dijimos, pues, Jesús nos lleva por un camino nuevo a superar las estrechas miradas temporales que sólo contemplan “los panes y los peces”, para elevarnos a la contemplación misma de la divinidad.

La participación de Cristo mismo por la Eucaristía, además, nos lleva a un cambio radical en la vida cristiana tal como lo propone el apóstol san Pablo en la segunda lectura (Ef. 4, 1-6) cuando exhorta a que nos comportemos de una manera digna de la vocación recibida para vivir en unidad mediante el vínculo de la paz, ya que formamos parte de un solo Cuerpo, la Iglesia, guiados por un mismo Espíritu, movidos por una única esperanza, la de llegar a la contemplación de Dios,

Convencidos de todo esto es que pedíamos a Dios en la primera oración de esta misa (“oración colecta”), que bajo su guía providente “usemos los bienes pasajeros de tal modo que ya desde ahora podamos adherirnos a los eternos”.

 

 

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XVII durante el año. Ciclo B. 26 de julio de 2015. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com

 

 

 

 

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------