Parroquia de Todos Los Santos, Santa Fe, Argentina, San Jerónimo 1650, Tel: 4594108

Parroquia de Todos Los Santos

Cuentos y Reflexiónes


MAMERTO MENAPACE
BREVE SEMBLANZA
CUENTOS Y REFLEXIÓNES
LA INDESICIÓN
LOS HOMBRES Y LA TIERRA
IMAGEN Y SEMEJANZA
LA MANO DERECHA
EL VENDEDOR DE GLOBOS
MORIR EN LA PAVADA
EL MISTERIO DE LA VIDA



MAMERTO MENAPACE


BREVE SEMBLANZA

 

Hijo de María Josefina y Antonio, noveno de trece hermanos, Mamerto Menapace nació el 24 de enero de 1942 en Malabrigo, región del Chaco santafesino, hoy norte de la provincia de Santa Fe, Argentina.
En 1952, con sólo diez años de edad ingresó al recién fundado Monasterio Benedictino de Santa María, en Los Toldos, Partido de General Viamonte de la provincia de Buenos Aires.
Se recibió de maestro en el Instituto de los Hermanos Maristas de Luján, en diciembre de 1958.
En febrero de 1959 comenzó su noviciado como monje, profesando en Los Toldos el 2 de febrero de 1960, donde a continuación inició sus estudios de Filosofía.
Desde marzo de 1962 a diciembre de 1965 realizó su teología en Chile, en el Monasterio Benedictino de Las Condes, donde fue ordenado diácono por el cardenal Silva Enríquez, en 1966.
Ordenado sacerdote por el entonces obispo de Nueve de Julio Antonio Quarracino, cursó estudios de Biblia e idiomas por un año con destino en Roma y Suiza, en 1968.
Tras ejercer distintos encargos de su comunidad, fue elegido Superior en septiembre de 1974; también ejerció como ecónomo, más tarde Prior, y en agosto de 1980 es bendecido como primer Abad de su comunidad de Los Toldos por el cardenal Eduardo Pironio.
En junio de 1995 es designado como Abad Presidente de la Orden de la Santa Cruz del Cono Sur, que reúne a los monasterios benedictinos de Chile, Paraguay, Uruguay y la Argentina -a su regreso de su destino en Esquipulas, Guatemala, donde estuvo asignado por cuatro meses-. Cargo electivo, lo ejerce hasta hoy.

Su obra literaria –cuentos, fábulas, poemas, ensayos bíblicos, narraciones, reflexiones- es publicada por Editora Patria Grande desde 1976 hasta la fecha, consignando 37 títulos, algunos de ellos muy conocidos y clásicos de la narrativa argentina.
En 1994 recibió el Diploma al Mérito a las letras por parte de la Fundación KONEX por sus libros en la categoría Literatura Infantil y Juvenil argentina, junto a Graciela Montes, Gustavo Roldán, Elsa Borneman y Carlos Joaquín Durán.
En 1995 le es otorgado el primer premio "Faja de Honor Padre Leonardo Castellani", primer certamen literario nacional del libro católico, por su libro El amor es cosa seria.
Desde comienzos de los noventa co-anima encuentros artísticos solidarios; con Luis Landriscina, Teatro Don Bosco de San Isidro (1993) y Estadio Luna Park (1995); con Luis Landriscina y René Favaloro, Estadio Luna Park (1997); con Luis Landriscina y Julián Zini, Reconquista, Santa Fe (2002); Teatro Ópera (2004); Cosquín, Festival Nacional de Folklore (2005).




CUENTOS Y REFLEXIÓNES

 

LA INDESICIÓN

 

Lo habían agarrado en flagrante delito de robo, y no existían circunstancias atenuantes que lo justificaran. A pesar de todas sus negativas no pudo evitar que la justicia lo mandara a la muerte.

Cierto, había tratado de mostrarse sereno y había logrado impresionar a sus mismos jueces. Todavía le quedaba un poco de humor, y decidió jugarse hasta la última carta. Trataría al menos de ganar tiempo, para vivir un rato más.

Cuando le leyeron la sentencia que lo condenaba a la horca, la escuchó con calma, y concluyó la sesión preguntado si tendría la oportunidad de expresar su último deseo. Era imposible que se lo negasen. Y así fue. Se lo concedieron, antes aún de averiguar de que se trataba.

- Quisiera - dijo - ser yo mismo quien elija el árbol en cuya rama tendré que ser ajusticiado.

Aunque la petición pareció a los jueces un tanto romántica para lo dramático de las circunstancias, no hubo inconvenientes en concedérsela. Le designaron un piquete de cuatro guardias para que lo acompañaran en el recorrido por el bosquecito de las afueras de aquella vieja ciudad medieval, en la que este suceso se desarrollaba conforme a las costumbres y procederes de la época.

Más de tres horas duró la caminata, que impacientó a todos, menos al interesado, que gastaba su tiempo desaprensivamente observando con superioridad e ironía cada árbol y cada gajo que podría ser su último punto de apoyo sobre esta tierra de la que se despediría en breve. Los miraba y estudiaba minuciosamente, para desecharlos luego casi con desprecio. No sería una miserable planta con tantos defectos la que tendría el honor de cargar con su partida. De esta manera fue pasando de árbol en árbol, hasta que hubo inspeccionado todos los posibles.

De nuevo ante el juez, expresó así sus conclusiones:

- ¡Señor juez! ¿Quiere que le diga la verdad? No hay ninguno que me convenza.

Murió lo mismo. Y sin haber elegido.

Tengo dos amigos. Uno de ellos ha llegado a la convicción de que debería consagrar su vida a Dios. Pero todavía no ha encontrado ninguna congregación que lo convenza. El otro cree en el amor. Pero no cree en las mujeres.

Me temo que los dos van a morir sin haber elegido.




LOS HOMBRES Y LA TIERRA

 
 

Hay muchas maneras de estudiar la tierra. De relacionarse con ella. He conocido un grupo de ingenieros que vinieron al campo, extrajeron pequeñas muestras de tierra, y luego las analizaron minuciosamente en sus laboratorios. Al tiempo volvieron acompañados por otros hombres e instalaron una ladrillería. Arañaron la superficie de la tierra y le sacaron toda la capa fértil. La humillaron prolijamente en el pisadero, la mezclaron con otros elementos, de la zona unos y otros traídos de afuera. moldearon el amasijo, luego lo resecaron al sol y lo apilaron de a miles formando un hormiguero. El fuego completó la obra, endureciendo esta tierra fértil, desmenuzada sin identidad en una infinitud de paralilepípedos útiles para ser transportados y apilados en cualquier parte.

Cuando se agotó la tierra fértil y el paisaje mostró su rostro agrio de médano y de tosca, esos hombres levantaron el campamento y se fueron a reanundar su minería en paisajes nuevos. No creo que la nostalgia haya tenido nada que hacer en su despedida. Nada dejaban allí esos hombres que fuera obra suya, a no ser los restos de hornallas de color entre rojo y negro, que en ese paisaje de tierra semejaban bocas de puñalada en el cuerpo de un finado.

También he visto un grupo de hombres que en términos científicos hablaban de la fauna y de la flora. De cada yuyo distinto sacaron un par de hojitas. Descubrieron flores raras y se indignaron al comprobar que otras se habían extinguidos. Estos hombres, ¡con qué respeto y con qué altura hablaban de la tierra! Con términos precisos y correctos aborrecieron el trabajo de los ladrilleros.

Y luego de unos días, agotado ya lo que tenían que decir, se fueron también ellos del paisaje, sin que quedaba de ellos ni un recuerdo en absoluto. A su paso, es cierto, el paisaje no quedó humillado. Pero tampoco se aportó nada nuevo al paisaje. No se vio allí organizarse un trebolar, ni verdear un trigal. ni preñarse los surcos en el batatal.

Al tiempo, una ley declaró a ese paisaje: "Parque Nacional". Y con ello esa tierra fue sentenciada a virginidad perpetua; a ser para siempre tierra de turismo, paisaje para ser gozado o estudiado sin compromiso; con prohibición absoluta de que allí se hiciera ni organizara nada.

Y he visto también otros grupos de hombres. Vinieron con todo lo poco que tenían, y algunos animales. Tenían muchas menos posibilidades que los ladrilleros y mucha menos ciencia que los sabios. Pero tenían una gran riqueza: tenían tiempo y cariño por la tierra.

Comenzaron por incendiar un trozo de pajonal. Ordenaron un pequeño trozo de paisaje y allí se instalaron para vivir. Traían semillas distintas, nuevas para ese paisaje viejo. Al principio todo pareció quedar igual, salvo los pequeño tablones de geografía cambiada. Y la presencia constante de aquellos hombres en diálogo continuo con la tierra, interpelándola por los abrojos, por la quínoa y el chamico.

Nuestros hombres no interpelaban a la tierra por lo visible de la tierra, por lo que la tierra mostraba. Interpelaban a la tierra por lo que en la tierra había de oculto. No se limitaron a recoger u organizar lo que encontraron en su superficie. La incendiaron, la roturaron, la recorrieron tranco a tranco sembrándola de semillas nuevas. Después supieron esperar. Esperaron vigilantes, carpiendo siempre el rebrote del paisaje viejo. Y lo que es importante: vivieron en la tierra; no se fueron de ella.

Eran hombres con fe en la tierra. Con un cariño profundo por la tierra. Sabía que la tierra tiene posibilidades muchísimo más ricas que aquello que puede dar cuando es dejada a sus solas fuerzas.

No es que se hayan propuesto liberarla de algo: yuyos invasores o antiguo pajonal. No quisieron liberar la tierra de algo. Quisieron liberar algo en ella. Sus posibilidades ocultas, su capacidad de trigal, su florecer de linares, sus rastrojos de maizal fortificado de trojas.

La tierra aceptó a estos hombres. Les devolvió con inmensa generosidad las semillas que ellos habían sembrado. Al tiempo comenzó a haber una identificación entre esos hombres y la tierra liberada.

Bajo un mismo sol, la tierra y los hombres comenzaron a tener la piel color trigal. Y cuando el hombre se acostó a dormir en el surco, la tierra se levantó a vivir en el alma de sus hijos.

Así cuentan que nació el folklore, con sus coplas.

 


IMAGEN Y SEMEJANZA

 

Mi tío Alejandro Brac vivía sobre la antigua ruta 11, entre Caraguatay y Malabrigo. Ese camino de tierra formaba como una picada en el monte, bordeando las vías del Ferrocarril Belgrano.

Siendo estudiante, en alguno de mis regresos al norte, aprovechaba para arrimarme hasta allá, casi siempre a caballo en compañía de mi hermano Arnoldo, que falleciera tiempo después en un accidente sobre esa misma ruta 11.

Llevo unida la imagen de este tío a uno de sus famosos cuentos. Tenía arte para contarlos, y mucha sabiduría encerrada en sus palabras. Con todo creo que este cuento ha rodado mucho dentro de mí mismo, y que el tiempo lo fue puliendo y golpeando como a los laques mapuches. Y en mi caso en un contexto guaraní, que por se el de mi infancia, siempre me ha dado astillas para mis quemazones.

Y ahí va lo sucedido. Una vuelta estaba el Niño Jesús a la costa del Paraná jugando. Como todos los niños se dedicaba a modelar figuras de animales y de pajaritos con sus manitas embarradas. Solo que él tenía el poder de darles además de la forma, la vida. Luego de trabajarlos bien, no los ponía a secar. Simplemente los colocaba en la palma de la mano y los soplaba. Es decir: los rozaba con su aliento como si les diera un beso. Y al sentirse alentados por el beso de Dios, los animalitos se estremecían de vida; y se largaban a volar, a correr, a saltar o a hacer aquello que la vida les regalaba por dentro.

Pero un día el Niño Dios quiso hacer algo realmente bonito. Iba a crear el mainumb: el picaflor. La verdad es que se esmeró al inventarlo. No quería hacerlo grande, pretendía hacerlo hermoso. Buscó entre los ivot iporá veva, las flores más lindas, los colores más brillantes y llamativos y se los colocó en la palma de la mano. En un claro del monte recogió algo del ñasaind, dejado por la luna. Del cohetí mañanero, la alborada, extrajo los colores suaves. Mezcló todo esto con un puñadito blando de retá pytá, tierra colorada del borde del Paraná. Lo amasó despacito con sus dedos divinos hasta hacer una pasta tierna y delicada. Y le dio la forma de un pajarito, en le que metió una chispa de aratirí: el relámpago.

Así lo tenía en al palma de su mano derecha, como si fuera el nido desde donde tendría que partir. Lo arrimó despacito a la boca y lo rozó apenas con sus labios para besarlo. Tocado por el soplo divino el pajarito se estremeció entero y abriendo las alas partió recto hacia arriba, para doblar en ángulo cerrado sobre sí mismo y ser una flor temblorosa frente a un racimo azul de jacarandá. Así nació el mainumb.

Pero resulta que Añá Mba'e Poch, el diablo, lo andaba espiando. Porque quería copiar lo que el Niño Dios hacía, para sacar también él algo parecido. Fue haciendo lo que le veía hacer. Y así, juntó también él un poco de los colores de las flores primorosas, le robó los tintes a la alborada, y los mezcló con claro de luna y temblor de refucilo. Buscó la greda colorada del Paraná y con sus dedos peludos y largos trató de darle forma a la pasta que había conseguido. No le salió tan prolijo, porque de apurado tenía un ojo en lo que miraba y otro en lo que hacía. Lo que siempre es feo. Cuando lo tuvo listo a su pajarito, resulta que éste no se movía. Y claro ¡que se iba a mover! Si no tenía vida adentro. Tenía que soplarlo. Pero el diablo tiene mal aliento. En cuanto Añá Mba'e Poch la arrimó a su hocico y lo quiso besar, el pobre bichito se aplastó contra la mano como para atajarse. El diablo lo tiró para arriba, a fin de que volara. Y resultó que en vez de largarse de flor en flor como el mainumb de Dios, el animalito cayó al suelo como un cascote y se desparramó todo. Así nació el cururú vaí, el escuerzo. A pesar de que tiene lindos colores, siempre anda aplastado y escondiéndose, porque lleva arriba el mal aliento del diablo.

Dios inventó el amor, con todo lo lindo que encontró, y le dio el beso de su bendición. El diablo quiso copiarlo, y lo que le salió fue el vicio, la pasión y el egoísmo. En muchas cosas se parecen, pero son muy distintos. Como el mainumb lo es del cururú vaí.




LA MANO DERECHA

 Este es un cuento de bichos. Y trata de Aguará, el Zorro. Don Juan, como se lo llama en el campo. Personaje lleno de astucia, y por demás aficionado a los gallineros. Pero que no deja así nomás el cuero en la estaca. Aunque a veces el hambre lo lleva a cometer imprudencias, que suele pagar caro.
Se la tenían jurada en la estancia a Don Juan. Sabían que era inútil buscarlo entre las pajas bravas dl cañadón, una vez que allí se ganaba. También hubiera sido de gusto buscarlo con perros de día. Los olía de lejos y cualquier cueva le servía de escondite para hacérseles humo. De ahí que decidieron ganarle por la astucia. Conocían su preferencia por las que llevan pluma, sobre todo cuando están gordas y alejadas de la defensa normal de los gallineros cercanos a la casa.
Y así fue que le armaron la trampa. En la tapera vieja fue. Le ataron una gallina viva y gorda a media altura, enredándola en un alambre, entre los gajos no muy altos de un naranjo viejo. Todo parecía haber sucedido de casualidad. La gallina podría haberse alejado de la casa habitada y la noche la sorprendería picoteando en el patio lleno de yuyos de la tapera vieja. Allí se habría subido al naranjo para dormir a seguro, y un alambre, quizá de cuánto tiempo olvidado, la habría enganchado dejándosela a pedir de boca a Don Juan.
Al menos esa fue la conclusión a la que llegó el Aguará luego de estudiar desde la distancia y con cautela la situación con la que se encontró aquella nochecita. El hambre lo había sacado del pajonal, y antes de arriesgar una cercanía al gallinero había querido pasar por aquel lugar para averiguar el ruido del aleteo de lo que podría ser un ave. No se dejó convencer muy fácil. Pero al fin el hambre por un lado, y su instinto de cazador solitario por el otro, lo animaron a acercarse. Y lo que vio le confirmó sus esperanzas. La gallina estaba al alcance de sus saltos, y de ninguna manera había allí arriba nada que se pareciera a una trampa. Tenía suficiente experiencia como para conocer dónde había peligro. Y la gallina estaba realmente apetitosa.
- Dios ayuda al que madruga- se dijo, sin percatarse de que otro había madrugado antes que él. De esto se dio cuenta recién cuando al segundo salto, y casi teniendo ya el ave entre sus dientes, al caer a tierra sintió el ¡trac! De la trampa de hierro que estaba escondida entre los pastos del suelo.
Eso no se lo había esperado. ¡Maldita gula, que lo llevó a descuidarse! La trampa no estaba entre las ramas, sino donde había puesto la pata. O mejor la mano. Porque la pinza de hierro con dientes herrumbrados, había agarrado su mano derecha justo por arriba de la muñeca. La sangre comenzó a chorrear y el frío inicial se fue convirtiendo en un agudísimo dolor que le acalambraba todo el cuerpo. Fueron inútiles los esfuerzos. Los dientes penetraban cada vez más en la coyuntura, y la trampa estaba amarrada con alambre al tronco del árbol.
Bien pronto, Don Juan el Aguará comprendió que todo estaba perdido. De allí no se soltaría, ni podría llevarse aquella maldita trampa a su cueva. Luego de una noche de dolores tremendos, llegaría la madrugada y con ella el mensual recorredor al trotecito de su caballo zaino. Abriría desde arriba la tranquera, se acercaría a la tapera, se dejaría caer del caballo con el talero en la mano, arrollada la lonja sobre el puño y libre el cabo para sacudirle el golpe que lo despenaría definitivamente. De todo esto no le cabía la menor duda. Aunque a veces el dolor y su instinto de conservación lo llevaban a realizar desesperados esfuerzos por arrancar su mano derecha de la dentadura de fierro que lo atenazaba.
Y llegó la madrugada. El golpe del cierre sobre el travesaño de la tranquera lo despertó del letargo. Allí estaba el mensual acercándose al trotecito sobón de su zaino. Don Juan se dio cuenta de que había llegado el momento decisivo. Había que optar. Y optó.
Arrimó con rabia sus afilados dientes a los dientes de hierro de la trampa, afirmándolas justo allí sobre la herida que producían. Cerró los ojos, y a la vez que daba un tremendo tirón, mordió con todas sus fuerzas su propia mano, cortándosela a ras del hierro.
Allí quedaría su mano derecha, mientras él, en tres patas y casi sin fuerzas, huía hacia los pajonales salvando así su vida.

Consideró preferible salvar la vida rengo, que terminar con sus cuatro patas bajo el talero del mensual.

 

 


EL VENDEDOR DE GLOBOS

 Una vez había una gran fiesta en un pueblo. Toda la gente había dejado sus trabajos y ocupaciones de cada día para reunirse en la plaza principal, en donde estaban los juegos y los puestitos de venta de cuanta cosa linda una pudiera imaginarse.
    Los niños eran quienes gozaban con aquellos festejos populares. Había venido de lejos todo un circo, con payasos y equilibristas, con animales amaestrados y domadores que les hacían hacer pruebas y cabriolas. También se habían acercado hasta el pueblo toda clase de vendedores, que ofrecían golosinas, alimentos y
juguetes para que los chicos gastaran allí  los pesos que sus padres o padrinos les habían regalado con objeto de sus cumpleaños, o pagándoles trabajitos extras.
Entre todas estas personas había un vendedor de globos. Los tenía de todos los colores y formas. Había algunos que se distinguían por su tamaño. Otros eran bonitos porque imitaban a algún animal conocido, o extraño. Grandes, chicos, vistosos o raros, todos los globos eran originales y ninguno se parecía al otro. Sin embargo, eran pocas las personas que se acercaban a mirarlos, y menos aún los que pedían para comprar algunos.
    Pero se trataba de un gran vendedor. Por eso, en un momento en que toda la gente estaba ocupada en curiosear y detenerse, hizo algo extraño. Tomó uno de sus mejores globos y lo soltó. Como estaba lleno de aire muy liviano, el globo comenzó a elevarse rápidamente y pronto estuvo por encima de todo lo que había en la plaza. El cielo estabaclarito, y el sol radiante de la mañana iluminaba aquel globo que trepaba y trepaba, rumbo hacia el cielo, empujado lentamente hacia el oeste por el viento quieto de aquella hora.

    El primer niño gritó:
    -¡Mira mamá un globo!
    Inmediatamente fueron varios más que lo vieron y lo señalaron a sus chicos o a sus más cercanos. Para entonces, el vendedor ya había soltado un nuevo globo de otro color y tamaño mucho más grande. Esto hizo que prácticamente todo el mundo dejara de mirar lo que estaba haciendo, y se pusiera a contemplar aquel sencillo y magnífico espectáculo de ver como un globo perseguía al otro en su subida al
cielo.
    Para completar la cosa, el vendedor soltó dos globos con los mejores colores que tenía, pero atados juntos. Con esto consiguió que un tropilla de niños pequeños lo rodeara, y pidiera a gritos que su papá o su mamá  le comprara  un globo como aquellos que estaban subiendo y subiendo. Al gastar gratuitamente algunos de sus mejores globos, consiguió que la gente le valorara todos los que aún le quedaban, y que eran muchos. Porque realmente tenía globos de todas formas,
tamaños y colores. En poco tiempo ya eran muchísimos los niños que se paseaban con ellos, y hasta había alguno que imitando lo que viera, había dejado que el suyo trepara en libertad por el aire.
    Había allí cerca un niño negro, que con dos lagrimones en los ojos, miraba con tristeza todo aquello. Parecía como si un honda angustia se hubiera apoderado de él. El vendedor, que era un buen hombre, se dio cuenta de ello y llamándole le ofreció un globo. El pequeño movió la cabeza negativamente, y se rehusó a tomarlo.
    -Te lo regalo, pequeño-le dijo el hombre con cariño, insistiéndole para que lo tomara.
    Pero el niño negro, de pelo corto y ensortijado, con dos grandes ojos tristes, hizo nuevamente un ademán negativo rehusando aceptar lo que se le estaba ofreciendo. Extrañado el buen hombre le preguntó al pequeño que era entonces lo que lo entristecía. Y el negrito le contestó, en forma de pregunta:
    -Señor, si usted suelta ese globo negro que tiene ahí ¿Será que sube tan alto como los otros globos de colores?
    Entonces el vendedor entendió. Tomó un hermoso globo negro, que nadie había comprado, y desatándolo se lo entregó al pequeño, mientras le decía:

    -Hacé vos mismo la prueba. Soltálo y verás como también tu globo sube igual que todos los demás.
    Con ansiedad y esperanza, el negrito soltó lo que había recibido, y su alegría fue inmensa al ver que también el suyo trepaba velozmente lo mismo que habían hecho los demás globos. Se puso a bailar, a palmotear, a reírse de puro contento y felicidad.
    Entonces el vendedor, mirándolo a los ojos y acariciando su cabecita enrulada, le dijo con cariño:
    -Mira pequeño, lo que hace subir a los globos no es la forma ni el color, sino lo que tiene dentro.

 

 


MORIR EN LA PAVADA

 
  Una vez había una gran fiesta en un pueblo. Toda la gente había dejado sus trabajos y ocupaciones de cada día para reunirse en la plaza principal, en donde estaban los juegos y los puestitos de venta de cuanta cosa linda una pudiera imaginarse.
    Los niños eran quienes gozaban con aquellos festejos populares. Había venido de lejos todo un circo, con payasos y equilibristas, con animales amaestrados y domadores que les hacían hacer pruebas y cabriolas. También se habían acercado hasta el pueblo toda clase de vendedores, que ofrecían golosinas, alimentos y
juguetes para que los chicos gastaran allí  los pesos que sus padres o padrinos les habían regalado con objeto de sus cumpleaños, o pagándoles trabajitos extras.
Entre todas estas personas había un vendedor de globos. Los tenía de todos los colores y formas. Había algunos que se distinguían por su tamaño. Otros eran bonitos porque imitaban a algún animal conocido, o extraño. Grandes, chicos, vistosos o raros, todos los globos eran originales y ninguno se parecía al otro. Sin embargo, eran pocas las personas que se acercaban a mirarlos, y menos aún los que pedían para comprar algunos.
    Pero se trataba de un gran vendedor. Por eso, en un momento en que toda la gente estaba ocupada en curiosear y detenerse, hizo algo extraño. Tomó uno de sus mejores globos y lo soltó. Como estaba lleno de aire muy liviano, el globo comenzó a elevarse rápidamente y pronto estuvo por encima de todo lo que había en la plaza. El cielo estabaclarito, y el sol radiante de la mañana iluminaba aquel globo que trepaba y trepaba, rumbo hacia el cielo, empujado lentamente hacia el oeste por el viento quieto de aquella hora.

    El primer niño gritó:
    -¡Mira mamá un globo!
    Inmediatamente fueron varios más que lo vieron y lo señalaron a sus chicos o a sus más cercanos. Para entonces, el vendedor ya había soltado un nuevo globo de otro color y tamaño mucho más grande. Esto hizo que prácticamente todo el mundo dejara de mirar lo que estaba haciendo, y se pusiera a contemplar aquel sencillo y magnífico espectáculo de ver como un globo perseguía al otro en su subida al
cielo.
    Para completar la cosa, el vendedor soltó dos globos con los mejores colores que tenía, pero atados juntos. Con esto consiguió que un tropilla de niños pequeños lo rodeara, y pidiera a gritos que su papá o su mamá  le comprara  un globo como aquellos que estaban subiendo y subiendo. Al gastar gratuitamente algunos de sus mejores globos, consiguió que la gente le valorara todos los que aún le quedaban, y que eran muchos. Porque realmente tenía globos de todas formas,
tamaños y colores. En poco tiempo ya eran muchísimos los niños que se paseaban con ellos, y hasta había alguno que imitando lo que viera, había dejado que el suyo trepara en libertad por el aire.
    Había allí cerca un niño negro, que con dos lagrimones en los ojos, miraba con tristeza todo aquello. Parecía como si un honda angustia se hubiera apoderado de él. El vendedor, que era un buen hombre, se dio cuenta de ello y llamándole le ofreció un globo. El pequeño movió la cabeza negativamente, y se rehusó a tomarlo.
    -Te lo regalo, pequeño-le dijo el hombre con cariño, insistiéndole para que lo tomara.
    Pero el niño negro, de pelo corto y ensortijado, con dos grandes ojos tristes, hizo nuevamente un ademán negativo rehusando aceptar lo que se le estaba ofreciendo. Extrañado el buen hombre le preguntó al pequeño que era entonces lo que lo entristecía. Y el negrito le contestó, en forma de pregunta:
    -Señor, si usted suelta ese globo negro que tiene ahí ¿Será que sube tan alto como los otros globos de colores?
    Entonces el vendedor entendió. Tomó un hermoso globo negro, que nadie había comprado, y desatándolo se lo entregó al pequeño, mientras le decía:

    -Hacé vos mismo la prueba. Soltálo y verás como también tu globo sube igual que todos los demás.
    Con ansiedad y esperanza, el negrito soltó lo que había recibido, y su alegría fue inmensa al ver que también el suyo trepaba velozmente lo mismo que habían hecho los demás globos. Se puso a bailar, a palmotear, a reírse de puro contento y felicidad.
    Entonces el vendedor, mirándolo a los ojos y acariciando su cabecita enrulada, le dijo con cariño:
    -Mira pequeño, lo que hace subir a los globos no es la forma ni el color, sino lo que tiene dentro.

 

 


EL MISTERIO DE LA VIDA

 

Si en una fábrica de tractores se quiere acelerar la producción, se recurre a la intensidad en el trabajo, y a la duplicación de la materia prima utilizada. Con ello se consigue producir la misma cantidad, en la mitad del tiempo. Por ejemplo, si en nueve meses salen de la fábrica una cantidad determinada de unidades, duplicando las horas de trabajo y el material utilizado esa misma cantidad de tractores podrán salir en cuatro meses y medio. Para ello basta una decisión eficiente del señor director de la fábrica.

Pero si ese mismo señor se convierte en padre de un hijito, tendrá que esperar ansiosamente los nueve meses del embarazo para poder ver su rostro. No ganará nada con tener dos señoras.

Porque la vida tiene sus propias maneras de realizarse. Poniendo el doble de granos de trigo sobre la misma superficie de campo, no necesariamente se consigue duplicar el rendimiento. Al contrario, suele acontecer que las plantitas se condicionen de tal manera por su cercanía que el resultado es exactamente el contrario del que se buscaba indebidamente.

La vida no se produce. Hay que aceptarla y acompañarla. Es un misterio que exige respeto y dedicación. Tiene sus propios ciclos y sus tiempos. El trigo es sembrado en el corazón del invierno, y madura en la plenitud del verano. El maíz nace en primavera y se lo cosecha al comenzar el invierno, luego de las primeras heladas. Los mandarinos florecen en setiembre, y en nuestra zona mantienen sus frutas maduras de mayo a agosto. Las castañas entregan sus granos grandes y harinosos para Pascua.

Lo que el agricultor decide es su plan de siembra y de plantación. Para ello elige las especies que desea, y les asigna un trozo de chacra o de huerta. En su sabiduría escalona los cultivos, y distribuye la cantidad de los distintos frutales. Pero jamás exige a una variedad que se amolde a la manera de ser de otra. Si quiere ciruelas, planta ciruelas. Y cuando busca melones, no se emperra en sembrar sandías.

Todo esto parece tan evidente. Y sin embargo lo que admitimos con naturalidad en la vida vegetal y animal, no queremos aceptarlo en la vida espiritual.

Tantas veces perdemos la paciencia ante la lentitud de los procesos de crecimiento propio o de los demás. Nos gustaría que un impulsivo diera frutos de paciencia, y le anulamos toda la riqueza de sus iniciativas. Exigimos a los niños que tengan la madurez que los grandes piensan haber conseguido, y con ello los hacemos apáticos a todo lo que no resulte eficiente.

Y en la oración ni que hablar. Pretendemos engendrar al Espíritu Santo mediante técnicas ascéticas, o con complicados métodos psico-gimnásticos. Y pensar que sería más sencillo pedírselo a Nuestro Padre que está en los cielos que, como lo afirmó Jesús, no nos negará su Espíritu Bueno si se lo pedimos con actitud de hijos necesitados.

La vida será siempre un misterio. Pero real y presente en todas partes. Nos está permanentemente contando sus parábolas, si es que tenemos los oídos para oír, y el corazón para escuchar.

Contemplativo no es el que se encierra en sí mismo evadiéndose de todo lo que lo rodea. Lo es aquel que tiene los ojos dilatados y los oídos abiertos para rastrear las huellas de Tata Dios por allí donde haya pasado.

Y donde veamos algo que vive ... el dedo de Dios está ahí.